Al término del partido en La Rosaleda ante el Málaga, escribí un tuit reprochándole a Sergio Ramos su actitud esta temporada, y digo esta temporada por ser generosa y no extenderme, y su estúpido discurso de siempre cuando el equipo se deja puntos, aunque el pasado domingo le tocara a Marcelo tirar de tópicos que nos sacan de quicio delante de un micrófono. Un madridista me recriminó en Twitter que quién era yo para decirle nada a Sergio Ramos, que si yo acaso iba alguna vez al Bernabéu y pagaba una entrada. Mis ojos se abrieron de par en par al mismo tiempo que reía para mí con ironía. Me hacen gracia todos esos que se creen más madridistas que otros por el simple hecho de ser socios, de acudir a Chamartín con regularidad o por no criticar nunca al equipo, eso de “en las buenas y en las malas”, como si fuera incompatible ver los defectos del grupo y sus caprichos con amar el escudo de manera incondicional. Porque una cosa es ser del Real Madrid desde el principio de tu vida y hasta el final de la misma y otra muy diferente ser del Real Madrid por un determinado jugador. Al Real Madrid, como a una madre, no se le puede desquerer. Nunca.

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No soy de Madrid ni vivo en Madrid. Me separan de la capital de España apenas unos cuatrocientos kilómetros. Dentro de mis posibilidades, acudo al estadio Santiago Bernabéu una vez al año como mínimo desde que tenía seis, cuando vi un Real Madrid-Cádiz desde unas gradas aún de cemento. Partidos de Liga, de Copa del Rey, de Copa de Europa…equipos como el Cádiz, el Bayern Múnich, el Barcelona…entradas a cinco mil pesetas y a trescientos euros…me he sentado en el cuarto anfiteatro, tocando el cielo de Madrid con las manos, he estado de pie en el Fondo Sur, me he recorrido los asientos de las gradas laterales… El Madrid forma parte de mi vida desde mi infancia, la ha revestido de gloria y también me ha dado momentos de dolor. No soy más que ese madridista que vive en Costa Rica y que nunca ha podido visitar el templo blanco, ni menos que un socio que ocupa su localidad todos los domingos. Sentimos lo mismo por el mismo club, la misma felicidad e idéntica desdicha, dependiendo del momento.

El sábado vuelvo al Bernabéu. Esta temporada he elegido asistir al derbi. No soy de las que se pasan el partido haciendo fotos con el móvil, ni acudo con bolsas de pipas. Las manos libres, para animar o para silbar. Yo pité a Casillas la temporada pasada y luego me mandó a tomar por culo. A mí y a todos los que lo hacíamos. Fue durante el Real Madrid-Valencia. Desde la localidad que ocupaba en el córner lo vi hacer aspavientos. Empate a dos y otra Liga al limbo.

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Rescataré mi bufanda del Real Madrid del cajón y empezaré a deshacer kilómetros hacia Madrid el sábado por la mañana embargada por la emoción. Soñaré con goles la noche de antes, con poder ganarle por fin al Atleti en Liga. Después de haber estado más de una década sin perder contra ellos, parece mentira que nos tengamos que ver ahora en una situación como esta, temiendo un cabezazo de Godín o que Torres enganche un rechace. Lo que es la vida…Una vez en Madrid, enfilaré el Paseo del Prado y me burlaré de Neptuno al pasar delante de él, sin Copas de Europa que celebrar. Unos minutos después veré a nuestra diosa, a la Cibeles, y mi piel sabrá traducir mis sentimientos. Ya en el Paseo de la Castellana cada vez queda menos, sólo unos kilómetros más hacia arriba se alzará frente a mí imponente, majestuoso, hermoso como él solo, el mayor templo del fútbol del mundo, el estadio Santiago Bernabéu. Si pudiera rodearlo entero con mis brazos, sin duda lo abrazaría, dejando que las cuatro torres cayeran sobre mi cuerpo. Hacer el tour es obligatorio, pero es mal día habiendo derbi. Además, lo único nuevo por ver es la última Copa del Rey lograda por los muchachos de Laso. La tienda del estadio es una parada obligatoria para equipar a mi sobrina con el chándal y la camiseta. Y de ahí, a hacer uso de la reserva en el restaurante. Comida copiosa, seguro, pero de seguido hay que alcanzar Concha Espina para darle aliento a los nuestros a su paso con el autobús, que sientan nuestra pasión desde fuera, antes de que el Bernabéu arda. Aunque luego son ellos los que deciden si echarle ganas o ponerle muy poca vergüenza.

 

 

Cuando llega la hora de acceder al estadio, después de mil controles para comprobar si llevas un pin con la cara de Mourinho o algo parecido, a una casi le entran ganas de ponerse a llorar. Otra vez aquí, tan inmenso, tan bonito, tan familiar, tan parte de mí. Te quiero, Real Madrid. Saltará el Atleti a calentar y todo serán silbidos. Lo hará el Madrid y el estadio, aún sin llenar, se vestirá de aplausos. Cuando el árbitro indique el inicio del partido me acordaré de ese madridista que el domingo me preguntó si yo acaso iba alguna vez al Bernabéu, que si no voy no puedo decirle nada a Sergio Ramos. Ni a Sergio Ramos, ni a nadie. Como si Sergio Ramos, y esto sí que lo puedo asegurar, fuera más madridista que yo. Como si el camero supiera el dinero que vale sentarse en el Bernabéu. O lo que es peor, los euros que cuesta ir a animar al equipo fuera de casa. Porque también me he desplazado lejos del Bernabéu, en estadios donde te insultan por llevar una bufanda madridista, donde te levantas a celebrar un gol y te gritan. Me acordaré, decía, de ese madridista que me sugirió sólo increpar a Ramos si voy al Bernabéu. Sin duda lo haré el sábado, según sea su partido, pues, dada mi ubicación en el campo, lo tendré cerca.

 

 

Lo que transcurre durante el partido se vive de la misma manera en el campo o en casa, en cuanto a nervios, me refiero. Evidentemente, el ambiente no es el mismo. El viaje de vuelta a casa es siempre una incertidumbre, lo dicta el resultado. El del sábado es un partido harto complicado, pero os voy a contar un secreto: cuando he ido al Bernabéu, el Madrid nunca ha perdido. Confiad en mí.

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