Cuando Benzema quiere, hay pocos jugadores que lo superen. Técnicamente es único, eso es algo que todos en el viejo continente tenemos claro, pero casi nunca basta con eso. Cuando Karim quiere, el juego del equipo fluye, el balón rueda más rápido, circula más preciso, más vertical, con mayor peligro y con mayor profundidad. Cuando Benzema es Benzema el equipo es más equipo y cuando Karim es Karim el Madrid es mucho más Madrid.

Ayer volvió a querer, y es que a Karim le gusta el himno de la Champions, eso es algo que también todo el mundo tiene claro. Ya sólo quedan delante de él cinco jugadores en toda la historia del fútbol europeo que lleven más goles en la máxima competición continental. A siete está Shevchenko, a ocho, Van Nistelrooy; y a veinte don Raúl González Blanco… con cincuenta y cinco partidos más.

Para bien o para mal Benzema es un hombre de Copa de Europa. Es ahí donde rinde y se deja la piel, donde aparece cuando debe y donde graba a fuego su sello. Quizá eso sea, precisamente, lo peor que tiene el francés: su irregularidad. Esta temporada aún es más criticable esa fugacidad en su juego porque muchos creímos que sería su año, la campaña donde dejaría de ser un jugador sobresaliente para pasar a formar parte de ese elenco de estrellas mundiales que uno cuenta con los dedos de una mano. Sin Eurocopa en verano por un castigo tan ejemplarizante como probablemente injusto, muchos lo vimos como el timonel de un Madrid que llegaba al tramo inicial de la temporada sin el rumbo muy claro. Pero Benzema llegó tan tarde que, hasta ayer, todavía se le estaba esperando.

Y es que él es así: lo mismo le da por desmoralizarte que, el día después de San Valentín, consigue que no lo puedas querer más. Porque cuando Benzema quiere te enamora como ningún otro y, cuando no le da la gana, te conformas con cualquiera antes que con él.

Contra el Nápoles fue el mejor de los veintidós sobre el verde del Bernabéu. Volvió a ser el delantero que contribuye más al juego que los centrocampistas, que te da ese pase de mediapunta, genera más peligro que los extremos y corre más que lo laterales. Ningún nueve del planeta cae a banda como cae él, ninguno juega con el pie ni ve los huecos como lo hace su mente y ninguno, por mucho que digan, tiene tanta clase a la hora de sacar el balón desde tres cuartos de cancha.

Benzema es un genio incomprendido o, quizá, un talento desperdiciado, nunca lo he llegado a saber muy bien del todo. Es una rara mezcla entre la parsimonia absoluta de un jugador que parece permanentemente pensando en otra cosa, con la clase de un mediapunta como pocos han visto mis ojos. Todo en él es contradicción, despropósito y caos, pero es el único capaz de desatascarte un resultado adverso, de encontrar a un compañero taponado por seis rivales y de mandarte de un plumazo y casi como si no hubiera pasado nada a la siguiente ronda de la Champions League.

Karim Benzema despierta amores y odios, sobre él se fragua la guerra civil más importante que vive el madridismo a día de hoy. Yo, que me considero benzemista moderado, comprendo tanto a unos como a otros y creo que en el Madrid hace falta un tipo así: un nueve sin gol que te marque siempre que lo necesites, un delantero sin alma que se la deje cuando haga falta, un súper clase que muchas veces debería estar en el banquillo y un francés que tiene el mundo a su alcance y parece conformarse con un pueblecito de trescientos habitantes del sur de Lyon. En un equipo ordenado, que aspira a la excelencia y la regularidad y donde todo el mundo tenga claro su rol a veces hace falta un chico como Karim, capaz de convertir el orden en anarquía y la armonía en una maravilloso caos.

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