Tiene Florentino Pérez, cuando presenta a las figuras mundiales que ficha para vestir la camiseta blanca, la costumbre de decir que nacieron para jugar en el Real Madrid. Con Cristiano Ronaldo le faltó añadir que fue concebido para hacer historia.
Yo ya no sé qué decir del crack portugués que no se haya dicho o escrito a estas alturas de su carrera. Él, en un acto de rebeldía y de sentido común, se niega a hacer declaraciones para una prensa que lo minusvalora y crea debates innecesarios en torno a su figura. Insaciable y profesional como pocos, se dedica a hablar únicamente en el rectángulo de juego, su hábitat, llevándose por delante en cada partido récords y debates malintencionados.

 
Cristiano Ronaldo es un súper héroe del siglo XXI. No sólo por lo futbolístico, donde está más cerca del cielo que de la tierra, sino también por ser uno de los futbolistas más comprometidos socialmente, algo que le aleja de esa figura chulesca y arrogante que el periodismo deportivo español, siempre tan desagradecido y tendencioso, nos ha querido vender.

 
El actual siete del Real Madrid es un futbolista inimitable. Son sus ganas, sus ansias, su inconformismo, su motivación lo que le han convertido, sin ningún tipo de discusión, en el mejor jugador del planeta. Entiendo que por temor y envidia, los aficionados rivales le abucheen, pero no concibo que lo haga ni un solo madridista. Pitar a Cristiano Ronaldo es como no querer a una madre. A lo mejor no recuerdan que Cristiano llegó al Real Madrid y enderezó el rumbo de un club que hacía el ridículo temporada sí y temporada también en la competición de la que es dueño y señor: la Copa de Europa. Llegó él y al Real Madrid se le iluminó la cara.

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Yo voy a contar siempre, pasen los años que pasen, durante toda mi vida, que vi jugar a Cristiano Ronaldo. Que no le marca goles a los equipos grandes, se atreven a decir. Como si hubiera en el mundo algún equipo más grande que el Real Madrid. Pero puestos a hablar de algunos clubes que tratan, sin conseguirlo, de alcanzar al Real Madrid, diré que Cristiano Ronaldo ganó una Copa del Rey al Barcelona con un soberbio cabezazo al que Pinto no pudo llegar ni con el último pelo de su coleta. Diré también que le anotó dos goles al Bayern de Guardiola en Alemania, nada más y nada menos que en unas semifinales de la Copa de Europa, coronándose a la postre como máximo goleador de la competición en esa misma campaña. Y puestos a recordar, no voy a obviar el puñado de goles que se ha llevado el Atlético de Madrid de botas del internacional portugués. Es una locura de futbolista. Un coleccionista de goles y récords. Es el vértigo en el área. Un jugador superlativo y poderoso, una fuerza de la naturaleza que no se ve con regularidad.

 
Ante el Español, Cristiano Ronaldo se convirtió en el máximo goleador histórico del Real Madrid en el campeonato de Liga, superando a mitos como Raúl González Blanco y Alfredo Di Stéfano. Lo hizo anotando cinco goles, en lo que era su segundo repóker con la camiseta blanca. A mí no se me antoja otra cosa que cuidarlo y admirarlo. Pasarán décadas hasta que podamos contemplar un bicho semejante. De denostarlo ya se encarga el periodismo, que le niega las portadas que se merece o se las dedican únicamente para alejar sus hazañas de la realidad. Estamos viviendo algo irrepetible con Cristiano Ronaldo. Dejemos de lado esos someros pitos que alguna vez se han escuchado en el Santiago Bernabéu y unamos fuerzas alrededor del hombre que porta el número siete en su camiseta. El hombre que un día parió María Dolores Dos Santos Aveiro para ser historia del Real Madrid.

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