“Gracias, pero sólo hago mi trabajo.“ Algo así debió pensar el centrocampista del Real Madrid mientras devolvía al tendido el aplauso a una atronadora ovación que se llevo al ser sustituido frente al Sevilla.

 

Tuvo que hacer las maletas para irse a Oporto. Casemiro aceptó el reto de irse a un equipo donde poder demostrar el hambre que tenía por hacerse un futbolista de renombre. Como no podía ser de otra forma, tras una temporada espectacular, dio a conocer a Europa que estaba listo para competir por un puesto en el equipo que cometió el error dejarle marchar, y que tanto le había echado de menos. Pero su consagración, el punto de inflexión en su carrera, llegaría unos meses antes de aquella cesión, en esa titánica contención que llevó a cabo poco más que él solito frente a todo un Borussia Dortmund en el ya inolvidable camino a la Décima. Todos asumimos aquel día que tarde o temprano aquel joven brasileño fichado una temporada atrás para el segundo equipo, acabaría saliendo del Bernabéu entre vítores.

 

Casemiro, durante su cesión en el Oporto

 

Con una feroz intensidad en la presión como principal carta de presentación, podríamos decir que el carioca se limita a jugar como sabe. Sus partidos solamente brillan un poco más o un poco menos dependiendo del empeño que ponga el equipo en tratar de defender como lo hace él. Su “modus operandi”, como el del más experimentado de los herreros, no está sujeto a variaciones. Inalterable en su función, se dedica durante cada uno de los minutos en los que está en el campo a tratar de robar la pelota para poder entregársela a un compañero.

 

Casemiro no acostumbra a perder balones, porque tampoco se empeña en intentar pases imposibles. Simple en sus transacciones con el esférico, lleva a la praxis una de las máximas de Don Alfredo: “cortita y al pie”. Capaz de cubrir todo el ancho de la medular gracias a su despliegue físico, se muestra indiferente al ritmo que lleve el partido. Siempre en sprint, intentando recuperar la posesión como si de una ofensa personal se tratase que el balón lo tenga el otro equipo. Y ahí lo ves, como un misil que se guía por el calor que desprende el poseedor de la pelota, rebañándola antes de que el rival pueda reaccionar.

 

Con él en el campo hay cosas que no se conciben: como esa visión de un equipo partido que tanto daña la vista y la tranquilidad de Keylor, que es buenísimo, pero no imbatible, aunque muchas veces lo parezca. Su presencia en el 11 se ha tornado imprescindible, y sólo los años y los minutos le darán la experiencia necesaria para que pula esa locura propia de su juventud que a veces le hace cargarse de una amarilla demasiado temprano. De momento, solventa este problema gracias a un equilibrado sentido táctico que le hace estar mucho más concentrado en sus acometidas.

 

Sólo el tiempo dirá lo importante que es para este Real Madrid. Pero hay una cosa clara: no merece la pena volver a buscar nunca más fuera de casa. Tenemos aquí a uno de los mejores centrocampistas defensivos del mundo. Casemiro, siempre en mi equipo.

 

Casemiro en el Borussia Dortmun-Real Madrid de la 13/14

Casemiro en el Borussia Dortmund-Real Madrid de la 13/14

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