Queridos indios, yo me alegré, disfruté y sigo disfrutando de vuestras lágrimas tras la final de Milán. De la misma manera lo estuve gozando durante todo el verano tras el minuto 93 en Lisboa y cuando os echamos de nuestra competición con gol de Chicharito en las postrimerías de aquel partido de cuartos de final. Me gusta veros en la grada con los dedos cruzados, con cara de corderos degollados y llorando a lágrima viva. A vosotros y a vuestros jugadores. No me compadezco de vuestro sufrimiento ni un sólo segundo de mi vida. Es más, saboreo cada trago de vuestro dolor y busco vídeos en la red en los que pueda contemplaros de esa guisa.

 

Me encantó ver a Juanfran destrozado tras fallar el penalti. Me encantó ver las lágrimas de Torres, que se atrevió a decir tras la conclusión del partido en Múnich que su gol lo había dejado para la final. Me encantó ver a Gabi cariacontecido y a todos y cada uno de vuestros jugadores con rostro de perdedores. Y, por supuesto, me encantó ver a vuestra cheerleader particular, Simeone, hablando de fracaso, cuestionándose su continuidad en rueda de prensa metiéndoos todo el miedo en el cuerpo.

 

Soy madridista y jamás diré, ni se me pasará por la cabeza, que el Atlético de Madrid merece una Copa de Europa. Ni cuando jueguen contra mi equipo ni contra ningún otro. Vuestro dolor, vuestras lágrimas, serían las mías si la historia se diera al revés y ninguno de vosotros, queridos indios, tendríais compasión por mí ni por ningún madridista. Sé que nos deseáis lo peor, por ese motivo no puedo sino desearos lo mismo. Disfruto con todas y cada una de vuestras derrotas, disfruté como un cochino en el barro cuando os vi jugar en campos de Segunda División. Sea el partido que sea, quiero que lo perdáis. La final de la Champions, un partido de Liga, de Copa del Rey, un amistoso en Brunete para recaudar fondos para la alopecia del Cholo…me da igual la dimensión, os quiero ver siempre derrotados.

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Sé que nos odiais. Yo no llego a tanto, no sois tan importantes para nosotros, sólo un rival más a batir. Sé de vuestros insultos, madridistas hijos de puta y demás. Sé de vuestra obsesión enfermiza con el Real Madrid, con Franco y con la Abeja Maya. Sé tanto de vosotros para con el Real Madrid y los madridistas que no os puedo dedicar ningún sentimiento de pena.

 

Somos mejores y por eso os ganamos. Podéis celebrar todos los 4-0 en Liga que queráis que nada, absolutamente nada, es comparable a ganar una Copa de Europa. Pero eso, queridos indios, es algo que vosotros desconocéis por completo. Es como explicarle el amor a quien nunca se enamoró, como describirle colores a un ciego, como hablarle de juego limpio a Simeone.

 

Sé que ha habido gente que dice ser madridista que se ha compadecido de vuestra mala suerte o de vuestro destino, como lo queráis llamar; gente que, como vosotros, decía que os lo merecíais, que os debían una. Ni el fútbol ni la historia os debe nada, al menos en Europa. Sois un equipo que jugáis la Champions cada mucho tiempo. Si a alguien le debe el fútbol Copas de Europa es al Real Madrid, una detrás de otra, por ser padres de la competición y por haber llegado a más finales que nadie.

Vosotros, queridos indios, casi llenáis Neptuno después de aquellos lanzamientos de penalti antes el Bayern de Múnich que nos privaron de una final europea. Vosotros hacéis apología de la alegría más sentida cada vez que pierde el Madrid. Vosotros aún os estáis riendo de lo ocurrido con Cheryshev en Cádiz. ¿Y voy yo a empatizar con vuestro dolor? En ningún momento de mi vida. Jamás. Para sufrir yo y los míos, que sufráis vosotros. No soy mala persona, únicamente soy madridista. Tengo amigos atléticos, por supuesto que sí, y me reí en su cara tras la final y otro tanto por WhatsApp. Que se jodan. Que os jodáis todos los atléticos. Somos campeones de Europa por undécima vez y por segunda ocasión a vuestra costa. Os aseguro que es lo más grande veros llorar, que os acordéis de los árbitros, de Franco y del poder de Florentino Pérez. Si queréis ver Copas de Europa, dad una vuelta por el Bernabéu. Allí hay once y no os pilla muy lejos.

 

No me dais pena. Sé que nos estaríais masacrando de haber ganado el Atleti. Es un placer veros llorar, es un gustazo escucharos rabiar. Este es mi señorío, no conozco ni quiero ningún otro. Vuestras lágrimas, mi sonrisa. Vuestras quejas, mi pecho hinchado de orgullo y, para vuestra bilis, una tabla de salvación llamada Undécima.

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