Se cumplen hoy quinientos treinta y seis días desde que el Real Madrid reescribiera, con letras de oro y sobre el papel anacarado de la primera hoja del libro de los equipos más grandes de todos los tiempos, su nombre, apellidos y ciudad de procedencia. Se va a festejar en poco tiempo un año y medio desde que el cielo de Lisboa se tiñera de luz y color mientras que sus calles se empapaban de cava y cerveza para celebrar que la décima Copa de Europa se iba a Madrid. Al Santiago Bernabéu, por supuesto.

Hoy me acordé, como tantos otros días, de ese partido. Fue a raíz del documental ‘En el corazón de la décima’ que el propio club editó en su día y que pueden ustedes ver en la aplicación oficial del Real Madrid. De él, de ese maravilloso documento gráfico, sólo apostillaré que emociona, que te hace volver a transportarte a ese bendito 24 de mayo de 2014 y que, casi sin quererlo, te mete dentro del campo, del autobús, del ambiente y del vestuario.

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Precisamente en torno al vestuario gira el post que hoy les vengo a ofrecer. Hay una parte del vídeo, antes del inicio del partido, en que se puede observar cómo fue la charla previa a la final. Desde lo que parece una cámara fija y escondida, es posible oír, ver y sentir los minutos anteriores al encuentro más importante de la última década en el seno del club de nuestros amores. Es una escena que atrapa. Casi cinco minutos de arengas y ánimos entre un grupo de jugadores que se enfrentan al reto más grande de sus carreras deportivas. Pero más allá de eso, es un vídeo muy revelador, un vídeo que pone, sin quererlo, a cada uno en un su lugar. Un vídeo que empequeñece todavía más a aquellos que se hicieron minúsculos y que agranda, si es que eso es posible, a otros que han dado, dan y siempre darán su vida por el escudo del equipo que quieren por encima de todo.

Sergio Ramos ejerce de capitán sin tener el brazalete que sí heredaría meses más tarde: “Es una oportunidad única. Llevamos 12 años esperando esta final” es lo primero que se le alcanza a escuchar. “Vamos a dejarnos los huevos” es otro de los mensajes que repite. Él, rodeado de botellas vacías y compañeros cabizbajos, acongojados y nerviosos, es la voz que sobresale para animar, para alentar y para recordar a todos los allí presentes que esto es el Real Madrid.

También uno no puede dejar escapar cómo una de las víctimas peor tratadas de esa temporada, Diego López, se acerca a Iker Casillas para desearle suerte y casi llega a emocionar verlo abrazarse a él en un acto de auténtica generosidad. A Xabi Alonso, a ese que se le acusa de pesetero, se le puede observar deambulando por el vestuario vestido de Armani, con la cabeza gacha, sabiendo que se pierde el partido de su vida, la final en la que estaba destinado a liderar desde la medular. Se oye a Pepe, a Carvajal, a Ancelotti y a Cristiano, pero por encima de todos se le oye a él.

“No hay un puto equipo mejor en el mundo que vosotros. (…) Si estamos juntos somos invencibles, es imposible que nos ganen” son dos de las frases que yo haría grabar en una placa y colgar de un muro del estadio. Arbeloa siempre está ahí, desde que el vídeo comienza hasta que acaba, animando a sus compañeros incluso a sabiendas de que, lo más probable, es que él no juegue ni un minuto de esa final.  Habla en segunda persona del plural, excluyéndose voluntariamente de los halagos para meter al resto en ellos, con una humildad inusitada para un jugador de fútbol, con un compañerismo abrumador.

Todo lo que tenía que decir de Álvaro Arbeloa lo he dicho en reiteradísimas ocasiones, pero hoy, escuchando este vídeo, tenía que volver a recurrir a la literatura para dejar constancia de mi admiración total, de mi gratitud constante y permanente por todo lo que ha hecho, vivido, sufrido y luchado por el club de mi alma, por la entidad deportiva que vive en el fondo de mi corazón desde que alcanzo a recordar. Viéndolo ahí, alzándose protagonista cuando hay que serlo, empujando al equipo donde el entrenador quiso que así fuera, apoyando a todos y cada uno de sus compañeros a pesar de que no todos fueran sus amigos, es donde se desprende la importancia del 17 dentro del vestuario.

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En las que son, casi con total seguridad, las peores horas desde que desembarcó en Chamartín, creo que el madridismo tiene la obligación de volver la vista atrás y agradecer el compromiso, la dedicación y el amor incondicional de jugadores como Arbeloa hacia su club. Ahí se encuentran dos capitanes (o tres, como quieran ustedes verlo) que han demostrado valía y pundonor, amor por unos colores que lo son todo para ellos. Sergio y Álvaro, Álvaro y Sergio; cada uno con sus fallos y sus aciertos, cada uno con mil cosas que reprocharles y cien mil que agradecerles, pero son los dos (para mí) verdaderos capitanes de este equipo tan tremendamente complicado de liderar; uno con brazalete, otro sin él. Pero hace tiempo que comprendí que un trozo de tela atado al brazo no demuestra absolutamente nada y que es el sacrificio, la constancia, el trabajo y el honor lo que verdaderamente te granjea el respeto o te lo arrebata. Por eso, a mí dadme hombres como ellos y llevaos lejos los que carecen de esas cualidades, porque esos serán los que se bajen del barco cuando comience a entrar el agua mientras que los otros, los verdaderos capitanes, se quedarán hasta el final… aunque eso suponga acabar en el fondo del mar.

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