Llegué a casa a la hora de siempre, justo un minuto antes de que empezara el partido. De la final, de lo que fueron los ciento veinte minutos de juego y los penaltis, recuerdo poco. El gol de Ramos, que pensé que si era en fuera de juego, mejor; por todo lo que nos han robado este año, por la Liga peligrosamente preparada. Recuerdo a Casemiro siendo un muro y mi fe en Keylor Navas. Recuerdo el penalti de Pepe, donde me vine abajo para saltar de alegría cuando vi el balón siendo escupido por el larguero. Recuerdo el gol del Atleti y el mundo viniéndose abajo, pensando que ya se acababa todo, que en los diez minutos que restaban nos iban a ganar. Recuerdo la prórroga y a Bale cojo, a lo que hay que sumarle la hernia. De los penaltis no me quiero ni acordar. Todo lo demás fueron nervios y miedo. Los nervios prácticamente paralizándome el cuerpo y el miedo hundiéndome en el sofá.

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Todo lo demás es una historia que ya forma parte de la Historia, la del Real Madrid, el club de fútbol más grande de todos los tiempos, el único que tiene once Copas de Europa y el único que le pone nombre propio. La más nueva se llama Undécima. La que ya ha empezado a gestarse se llamará Duodécima, pero habrá tiempo de hablar de ella. Cuando Cristiano golpeó el balón desde el punto de penalti y éste besó la red volví a sentir eso. Y eso es algo que desconocen todos los atléticos. Un grito ahogado, un no saber qué hacer, si reír o llorar, si saltar o quedarte tal como estabas, un no encontrar a quién echarle mano para fundirte en un abrazo eterno, otro madridista a tu lado con el que fundirte en un abrazo eterno, el de sabernos campeones de Europa. Otra vez.

Es tal la felicidad que una no sabe bien cómo hablar de ella, pero cualquier madridista sabe a lo que me refiero. Lo tenemos dentro de nosotros, vivimos con ello. Esa sensación única de ser campeones de Europa. Esa copa tan bonita, como dijo Cristiano Ronaldo en la fiesta del Bernabéu. Esa copa que ve una camiseta blanca con el escudo del Madrid y que rápidamente nos reconoce como sus padres, que no quiere irse con ningún otro, que hace que las estrellas conspiren a nuestro favor para que, de cualquier modo, sean nuestras manos la que la levanten al cielo. Esa copa, cada mes de mayo, quiere ir a Cibeles y cada mes de mayo desea una fiesta en su honor en el mayor templo del fútbol, el estadio Santiago Bernabéu, para, horas más tarde, comenzar su nueva vida al lado de sus hermanas, viendo cómo a diario los madridistas acuden en legión a verlas y fotografiarse con ellas. La familia entera: once copas de Europa. Una familia que seguirá ampliándose.

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Voy a saborear esta Champions como si no fuera a ver otra en mi vida. Nos daban por muertos, sin estilo y habiendo dejado atrás a rivales de poca entidad, con un entrenador sin carné, favorecidos por las bolas calientes y las mentes calenturientas. Nos esperaba un rival en Milán que ya había agarrado a la orejona de un asa porque, por lo visto, se la merecían. Porque sí, sin más. Pero esa orejona sabía bien lo que quería, sabía con quién quería estar. Voy a disfrutar de cada instante mientras nado en la bilis de media España. Cada minuto, cada segundo desde que fuimos campeones de Europa lo vivo con el pecho hinchado de orgullo, con la cabeza bien alta, con la camiseta del Madrid y con su bandera en el balcón. Puedo felicitar al rival por la contienda, pero jamás compadecerme de él ni de su afición. Sé que sus lágrimas podrían ser las mías y las de sus jugadores las de los nuestros, pero a mí no se me olvidan los desprecios de esa hinchada, ni los mensajes de su entrenador. Cada instante imagino lo que habría sido de los madridistas si el Atleti hubiera ganado. Pasaporte en regla y a largarnos del país. Habría sido imposible continuar con nuestras vidas. Por eso estoy degustando esta Champions que sabe a gloria, a canela en rama.

Toda la vida que el Real Madrid me quita en algunos partidos, me la devuelve de golpe en noches como la del sábado. Pienso en mi equipo y me brillan los ojos, miro su escudo y me muero de amor. Que lloren ellos, que lloren siempre los otros, los que se alegran cuando perdemos, los que celebraron lo de Cádiz. No me da ninguna pena Juanfran ni ningún atlético. Sé lo que piensan, sé cómo habría sido si la orejona hubiera caído en sus manos. Que lloren siempre ellos. Imaginad a Simeone. Que no, hombre, que no. Que lloren hasta que comprendan que por muchos 4-0 que nos puedan hacer en un simple partido de Liga nada, absolutamente nada, iguala el orgasmo que supone ser campeones de Europa. Pero claro, qué van a saber ellos de esto, que tienen las mismas Champions que cualquier equipo de pueblo. Este dato es aterrador: tenemos más Copas de Europa que Ligas el Atleti. Que sigan pensando que mandan en la capital y luego se cubran la cara con la almohada hasta llorar.

 

Somos unos despiadados campeones de Europa por quitarle el título a quien lo merecía. El poste que repelió el penalti de Juanfran es un grandísimo hijo de puta y el larguero que no quiso que entrara el de Griezmann no estaba homologado por la UEFA. Somos unos hostiles campeones de Europa, tan malvados como para no dejarnos ganar por el vecino. Somos unos prepotentes campeones de Europa con un himno grabado antes de jugar la final. También somos eternos, un viernes cada día, una hazaña por venir. Somos la sonrisa que no nos cabe en la cara, el problema que siempre tiene solución, un pecado inconfesable. El Real Madrid hace que explote dentro de mí el verbo sentir. Y los demás, que lloren.

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