Mientras trato de recuperar los años de vida que he ido perdiendo en cada eliminatoria de esta edición de la Copa de Europa, lo disfruto, lo gozo, lo saboreo. Me digo a mí misma que no es un sueño, que el Madrid ha vuelto a hacer posible lo imposible, que estamos en otra final de la máxima competición a nivel de clubes, que no hay nadie que nos tosa, ni nos iguales, ni nos supere. Que somos los mejores del mundo y de la historia, por los siglos de los siglos.

 

Fuimos de microinfarto en microinfarto, con los nervios saliéndose del cuerpo, con el corazón latiendo a mil por horas, las pulsaciones a la velocidad de la luz, con una tensión y una ansiedad que sólo el Real Madrid provoca. Son efectos secundarios del amor. Cuando el árbitro indicó el final de un partido que parecía que no iba a acabar nunca, las lágrimas bañaron el sentimiento. Lo habíamos vuelto a hacer.

A la deriva en Liga, tirando la Copa del Rey y jugándoselo todo a una sola carta, a la más importante y difícil: la Copa de Europa. No hemos ganado aún nada, eso es cierto, pero el paso definitivo para poder hacerlo ya lo hemos dado, estamos en la final. Medio mundo gritaba de alegría y lloraba de felicidad, mientras la otra mitad lo ponía todo perdido de bilis, olvidándose por completo de un doblete recién conseguido porque en realidad sus éxitos dependen de los fracasos del Madrid.

 

No somos capaces aún de valorar lo que este equipo ha conseguido. No lo haremos hasta dentro de unos años, cuando echemos la vista atrás y, en medio de una sequía se títulos, que volverán las vacas flacas porque el fútbol es cíclico, recordemos estos años vividos, estas mágicas últimas temporadas, esta generación de jugadores irrepetibles. Lucharon como manda el escudo y tiraron de fe como reza la historia. Se lo creyeron y lo hicieron posible. Corrieron hasta vaciarse, entregaron hasta la última gota de sudar en favor de la camiseta, se dejaron el alma y el físico. No les pedimos otra cosa sino eso mismo, coraje, entrega y corazón. Habrá días que no salga, pero dando todo lo que uno tiene no hay reproches.

 

Esta felicidad con la que nos colma el Madrid, este alivio después de tanto sufrimiento, este orgullo de estar en el mundo siendo madridista es lo mejor que un club de fútbol puede ofrecerle a sus aficionados. A nuestra manera y desde nuestra posición, luchamos también por todo lo que logramos, porque por separado no valemos nada y juntos somos invencibles, porque sin público no hay cantante ni canción y sin afición no hay jugadores ni club. Somos uno, solos contra todos y no necesitamos a nadie más. Así nos bastamos.

Dos de los jugadores más cuestionados está temporada sostuvieron al Madrid. Keylor Navas, que volaba, paraba, rechazaba y rezaba. El tico, que falló ante la Juventus y en el partido de ida en Alemania, se reivindicó con una segunda parte colosal. Su actuación fue pura vida para el Madrid. En la otra punta del campo, Benzema marcó dos goles que llevaban impreso el billete a Kiev. Al francés se le dan bien las semifinales y el Bayern. Se marchó ovacionado del Bernabéu. Se lo merecía. Mención especial también para Modric, que se convirtió en la sombra de la espalda de Lucas Vázquez, destruyendo más que creando, vaciándose entero sobre el césped. Y ese Cristiano, que aparcó sus Balones de Oro, se remangó y se puso a defender como si no hubiera ganado nada en su vida. Eso es un equipo, eso es compromiso, eso son ganas de ganar.

 

Es el momento de empezar a descontar días, de recuperar fuerzas para el infarto total que será la final. Otra que Arturo Vidal verá por la tele. No aprenden. Ya pueden ser aficionados o profesionales. No aprenden. Si menosprecias al Madrid, si lo subestimas, lo único que consigues es herir su orgullo. Y a orgullo y Copas de Europa no nos gana nadie.

 

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