No concibo otra cosa que no sea ver al Real Madrid en semifinales de la Copa de Europa, seguramente sufriendo, no puede ser de otro modo, aunque de haber materializado las ocasiones que se tuvieron en Múnich podríamos estar hablando de eliminatoria sentenciada. Cosas de la pegada del Madrid.

No concibo otra cosa que no sea un Bernabéu lleno hasta la bandera, jugando otra vez a ser el hombre número doce, alentando desde el primer hasta el último minuto, como si fuera una final. Porque en realidad lo es. Un partido que puede dejarte fuera de una competición es siempre una final. No concibo los aledaños de Chamartín sin esos miles de madridistas echándose encima del autobús a su llegada, ondeando banderas y bufandas, dejándose la voz por un sentimiento tan verdadero como el madridismo.

 

No concibo al equipo sin ser consciente de lo que se juega, poniendo fútbol e intensidad, dejando cada gota de sudor en la camiseta como un acto de servicio, muriendo con las botas puestas, peleando cada balón como si de la comida de sus hijos se tratara.

 

No concibo al antimadridismo sin esperarnos con las uñas afiladas, deseosos de vernos caer, de llevarse una alegría desde el 28 de mayo del año pasado, ávidos de derrota blanca, de estrepitoso fracaso.

 

El martes jugamos todos. El Real Madrid, que tiene otra oportunidad de seguir escribiendo páginas gloriosas. La afición, que forma parte del equipo, del club y sus gestas. Y el antimadridismo, que golpea con fuerza en su cueva, en la que han pasado un caluroso verano y alguna que otra ola de frío este invierno.

 

Copa de Europa. El Real Madrid. El estadio Santiago Bernabéu. Las 20:45 de la noche y aún de día. El himno de la Champions League. Lo de todos los años. Lo de toda nuestra historia. Es lo que somos. Es para lo que se creó este club.

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