“Te quiero mucho”, le dijo Zidane a su mujer una vez nombrado mejor entrenador. Y esas tres palabras, pronunciadas en un perfecto español, convirtieron a Zizou en hombre. Ni el gran jugador que un día fue, ni el mejor técnico que es ahora, el Zinedine hombre. El que aparca su timidez para decirle a su mujer que ese premio que tenía entre las manos no sería posible sin ella, el que se repite cada día lo afortunado que es por poder entrenar al Real Madrid, el mismo que le entrega todo el mérito a sus jugadores, unos muchachos a los que adora y al que adoran.

 

Mientras Paco Jémez hace las Américas, Zidane recoge premios, con un carné de entrenador casi a estreno. Es una tontería ganarle a La Roda pudiendo ganar dos Copas de Europa consecutivas y una Liga con el Real Madrid. Por el camino se ha ido guardando récords en el bolsillo y ha aprendido a torear a los periodistas sin que ellos se atrevan a ovacionarle cada vez que entra a sala de prensa; porque para qué, si él no ha perdido una final de la Champions 4-1, si él lo que ha hecho ha sido ganarla 1-4.

Sin levantar la voz, sin hacer acopio de un victimismo impostado, sin dar lecciones morales a nadie, sin necesidad de tirar de discursos hipócritas y sin recitales políticos, Zidane luce sonrisa y enamoramiento. En el vestuario reina la camaradería, el compañerismo, el hoy por ti y mañana por mí y sobre el campo se refleja la amistad de unos con otros. Zidane, desde el banquillo, dirige un equipazo con mano izquierda y batuta, interpretada a la perfección por unos jugadores que se saben protagonistas para el entrenador.

Lejos de Chamartín, Zizou escuece. No hay manera de sacarlo de sus casillas y las batallas las va contando por victorias. Es un hombre feliz y nadie va a importunar su felicidad, ni su estado de ánimo. Se siente afortunado y así se lo hace saber a su mujer. Se reconoce dichoso y así se lo hace saber a Florentino Pérez, que lo puso ahí, donde todos quisieran estar, primero siendo jugador del Real Madrid y ahora entrenador.

Zidane es un hombre idolatrado por muchos, una eminencia en el mundo del fútbol, pero una lo escucha hablar y reconoce humildad en sus palabras, sensatez y sentido común. Ni un ápice de chulería, ni asomo de querer ser más que nadie, quizás porque ya lo es todo. La elegancia que portaba con el balón en los pies la ha trasladado a la sala de prensa donde se enfrenta cada tres días a alimañas capaces de sacarle un defecto a su famosa ruleta.

Es una suerte tener a Zidane, primero como jugador y ahora como entrenador. Es tan madridista como tú y como yo, por eso repite hasta la saciedad que ganar con ese escudo es la hostia y cuando pierde está jodido. Con esas mismas palabras, las mismas que podría utilizar yo porque sé que él lo siente igual, que si Véronique puede tener celos de alguien sólo es de un club: el Real Madrid.

Share

Sobre El Autor