Qué sensación tan rara esa de irte a la cama después de una derrota del Madrid. Ese cabreo, ese no conciliar el sueño e incluso despertarte en mitad de la noche, recordar el partido y maldecir para tus adentros. Ese amanecer que cuesta más que nunca, que cada paso es un mundo y tener que enfrentarte a la realidad, a los que acaban de salir de la cueva, recién peinados y perfumados, después de tantos meses entre telarañas. Es increíble cómo un simple partido de fútbol te cambia el estado de ánimo. Son las cosas del amor.

 

Nadie se lo esperaba después de dar un golpe en la mesa en Anoeta. Menos incluso con el regreso de Cristiano, pero el Betis se plantó en el Bernabéu dispuesto a hacer todo eso que nunca hace nadie cuando va al Camp Nou. Lo hizo y le salió. Vengó de alguna manera lo de Ceballos para gloria de sus aficionados y Adán no dejó que en su portería entrara ni el aire. Caso aparte fueron sus constantes pérdidas de tiempo desde la primera parte y jugadores béticos por el suelo que solicitaban urgentemente la entrada del médico para erguirse de nuevo como si nada. Cinco minutos de descuento cuando apenas se habrían jugado veinte en toda la segunda mitad. Y esos cinco minutos de alargue se nos volvieron en contra, como aventuré muchas veces, que la suerte terminaría cambiando de bando e íbamos a terminar siendo nosotros los castigados por la machada de marcar en el último suspiro.

 

MADRID, SPAIN – SEPTEMBER 20: Sergio Ramos (R) of Real Madrid CF recats as Real Betis Balompie players celebrate their first goal during the La Liga match between Real Madrid CF and Real Betis Balompie at Estadio Santiago Bernabeu on September 20, 2017 in Madrid, Spain. (Photo by Gonzalo Arroyo Moreno/Getty Images)

Yo no sé si Zidane acertó más o menos con los cambios, lo que sí sé porque es lo que vi es que los que no acertaron fueron los jugadores del Madrid, que podrían haber marcado cinco y no hicieron ninguno después de mil partidos consecutivos viendo puerta. Las cosas del fútbol. Lo cierto es que se entregaron, aunque al final no había ni orden ni concierto, atacando como pollo sin cabeza, enviando centros al área a diestro y siniestro, donde aparecía Adán y a veces hasta Eva.

 

Seguimos estando en septiembre, pero ya sí tenemos un problema. Siete puntos son muchos cuando hay que remontárselos a un Barcelona que sigue jugando con red, pero si hay alguien capaz de hacerlo es el Real Madrid. De peores hemos salido y con menos tiempo por delante. La temporada acaba de empezar y aún no hemos perdido nada, sino que hemos ganado dos títulos. Sin caer en la auto complacencia hay que hacer auto crítica y auto salir de esta situación. La afición debe poner de su parte sin dar vergüenza ajena, sin irse del Bernabéu cuando más aliento necesita el equipo, sin pitar ya por inercia y costumbre a ese jugador o jugadores que se te han metido entre ceja y ceja y casi hasta que les sienta mal a algunos que hagan un buen partido porque desmontan su ridícula teoría, que no es otra sino la fobia y la animadversión.

 

Lo cómodo es ir líderes y ser nosotros los que sacamos siete puntos al máximo rival, pero no lo vamos a negar, nos pone este tipo de situaciones. Sentir que cada partido ya sí es una auténtica final, estar los noventa minutos con el corazón fuera del pecho y, poco a poco, ir escalando. Si es que nos dejan, claro. Porque yo estoy segura de que ellos lo van a intentar, tienen crédito, se lo han ganado. Otra cosa bien diferente son los hilos. Esos de los que hablaba Piqué y que se tejen siempre a favor de los azulgranas.

Estoy deseando ya que llegue el próximo partido para sacudirme del cuerpo esta pesadez que trae consigo la derrota, este mal sabor de boca. En las buenas y en las malas. Pues bien, ya han llegado las malas. Y aquí estaremos, apoyando y creyendo, desviviéndonos y sintiendo que si alguien puede, si alguien es capaz de resurgir de sus cenizas es, sin duda alguna, el Real Madrid. Ahora más que nunca: ¡hasta el final!

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