Hay jugadores que caen de pie en el Santiago Bernabéu y futbolistas a los que le cuesta casi su carrera ser reconocidos en Chamartín, si es que acaso llegan a hacerlo. Un ejemplo reciente de jugador que fue abrazado por la parroquia blanca desde el inicio es Isco. El de Arroyo de la Miel no fue en sus primeras temporadas lo que es ahora. Yo lo recuerdo perdiendo un balón detrás de otro y era una utopía pensar que se podía dar la vuelta para tratar de recuperarlo. Aún así, el Bernabéu coreaba su nombre en cada partido. Ahora es día de fiesta cada vez que el esférico rueda junto a sus botas y el madridismo es consciente de que algo mágico va a pasar. El caso contrario es el de Gareth Bale. El galés llegó al Real Madrid ganando finales, marcando en todas ellas, dejando a Bartra en Mestalla cuando él ya estaba en Cibeles celebrando la Copa, en lo que fue una carrera antológica. Después llegaron las lesiones y con ellas el bajón, el miedo y los pitos.

Real Madrid’s Welsh forward Gareth Bale (R) celebrates their victory with Real Madrid’s Costa Rican goalkeeper Keylor Navas (2ndR) past Real Madrid’s Croatian midfielder Luka Modric (L) and Real Madrid’s Brazilian defender Marcelo at the end of the Spanish league football match Club Atletico de Madrid vs Real Madrid CF at the Vicente Calderon stadium in Madrid, on November 19, 2016. / AFP / CURTO DE LA TORRE (Photo credit should read CURTO DE LA TORRE/AFP/Getty Images)

 

Yo he ido al Bernabéu y he pitado a Casillas en su último etapa, es cierto. Un portero que lo fue todo, pero que ya no hacía sino hacerle daño al Real Madrid, tanto dentro como fuera del campo. Se veía que Casillas ya lo había dado todo, que no iba a ser el que fue y seguía ahí, titular indiscutible mientras los goles le entraban por todos lados, lanzando dardos al entrenador de turno si osaba no ponerle y escondiéndole la mano, en lugar de tendérsela, al compañero que lo sustituía. O echando siempre la culpa a la defensa, claro. No veo yo que Bale no lo intente, que no vaya a por cada balón, que no remate, que no corra. No lo veo escondiéndose ni entrenando a medio gas. No lo veo perdido, sino con ganas de ayudar, implicado y seguramente más motivado que nunca, con ganas de ser el que fue. O mejor aún que aquel.

 

 

En lugar de encontrarse con el apoyo y el aliento del Bernabéu, Gareth recibe pitos, de una minoría, es verdad, cada vez que lo intenta y no le sale. En lugar de ser abrazado y animado por los suyos, Bale recoge reproches. No de parte de sus compañeros ni de su entrenador, no, de parte de unos cuantos que son alentados por una prensa que jamás fue afín al galés.

Preguntado por el bueno de Bale, Zidane respondió que necesita los mismos meses que estuvo lesionado para volver a su nivel. Aún así, marca y asiste. Aún así, es pitado. El Bernabéu, el madridismo en general, no tiene paciencia, no sabe esperar. O sí sabe con unos y con otros no quiere. Si no somos nosotros los que abrazamos a Bale no lo va a hacer nadie de fuera. Más allá del madridismo sólo se desea la destrucción del club. Si no somos nosotros los que defendemos a los nuestros, no sé quién lo va a hacer. La histeria y el nerviosismo sólo son hermanos gemelos de la auto destrucción, algo de lo que sí sabe el madridismo.

 

 

Yo voy a esperar a Bale porque lo dice Zidane y es él el que está con el galés todos los días, no nosotros que sólo lo vemos por la tele o a unos metros en el Bernabéu y que nos dejamos llevar por lo que dicen en algún programa o por lo que escriben en algún periódico. Yo voy a esperar a Bale porque sé el jugador que puede llegar a ser, porque ya lo he visto. Lo voy a esperar porque no sé nada de lo que le puede estar pasando, si está temeroso, tal vez algo deprimido en cuanto a su fútbol o yo qué sé. Yo sólo sé lo que veo. Y lo que veo transcurre durante noventa minutos. Todo lo demás son historias que nos quieren contar y que cada uno es libre de creer o no.

 

 

Voy a esperar a Bale exactamente el tiempo que dice Zidane, que seguramente también será el tiempo que él le va a dar. Mientras tanto, no seré yo quien lo desanime en su intento de volver a volver, no será mi silbido el que llegue hasta sus oídos, sino el cariño que debe recibir alguien que lo intenta. Hasta que le sale. Y le saldrá.

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