Cuando Modric marcó ante el Granada, salvándonos la noche del domingo, el desayuno del lunes y la semana entera, corrió hacia el córner mascullando a voz en grito algo ininteligible, no sabemos en qué idioma. En su trotar enérgico y lleno de rabia y alivio, dio saltos de alegría antes de postrarse de rodillas y abrir sus brazos. Justo en ese momento, todos los madridistas habríamos acudido a abrazar a Lukita. Un minuto antes de ese gol, el Madrid estaba muerto y eran muchos ya los que barajaban hora para el entierro. Pero Modric no salvó la vida. Igual que en Manchester, donde encarriló la eliminatoria. Igual que en Lisboa, donde puso de manera magistral el balón de la gloria en la cabeza de Sergio Ramos. El croata es nuestras alas, nuestros pulmones y todo nuestro corazón. Nueve goles con el Real Madrid, ocho de ellos desde fuera del área. Una pena que no se prodigue más en esta suerte.

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Cuando Modric llegó, avalado por José Mourinho, todo hay que decirlo, lo catalogaron como el peor fichaje de aquella temporada. Que venía para tapar vergüenzas, decían. Que un tal Song era mejor que él, apostillaban. Gurús como Meana y Maldini lo mandaban directamente al ostracismo. El primero anda escondido detrás de sus gafas, el segundo ahora se deshace en elogios en cada retransmisión de los partidos del Real Madrid. La bendición se la dio el bufón de Tomás Roncero que, lejos de lo que estamos acostumbrados, lo sentenció para mal y de ahí la magia de Modric, además de lo que ya traía de fábrica. Luka llegó un verano sin apenas pretemporada y se puso a jugar y a jugarle al Barcelona como si llevara toda la vida en el Real Madrid, en pleno mes de agosto, demostrando el compromiso y el trabajo al que nos tiene acostumbrados. Un auténtico caballero del honor.
Modric es coraje y es talento, es lucha y es pelea, es concentración y es actitud. Todas esas cualidades las riega con una calidad indiscutible, una magia en el el exterior de su pie que nos levanta del asiento, una mente privilegiada para ver ese hueco imposible por el que filtrar balones, una zancada poderosa en la que avanza con el esférico pegado a su bota y la capacidad del robo siempre latente. Deja rivales a su paso de la misma manera que dejó atrás la guerra cuando sólo era un niño rubio con la mirada pintada de metralla. Es un golfo del fútbol en el sentido de que puede hacer lo que quiera con la pelota, normalmente sobarla y acariciarla hasta la extenuación en lo que es un trato exquisito, casi pornográfico. Otras veces arma la pierna y desata un zambombazo que hace temblar la red de la portería, sacudiendo telarañas y miedos, sobre todo miedo, como el que teníamos el domingo cuando el partido agonizaba y el empate no se movía del marcador. Yo lo reconozco, me acosté feliz gracias a Luka Modric. Soy tan básica que el Real Madrid pinta mucho en mi estado de ánimo. Yo lo llamo madridismo. Otros sólo se gastan en pedir la dimisión de Florentino Pérez, por cualquier cosa.
En el fútbol de Modric hay limpieza y unas ganas de ganar por lo civil o por lo criminal. El domingo en Granada era imposible ganar por lo civil, hasta el árbitro se tomó la licencia de convertirse en asistente sacándole el balón de encima a nuestro rubio. No se conforman los de negro con perjudicarnos partido sí y partido también, ahora quieren ser partícipes por entero de los goles rivales. Entonces Lukita agarró el esférico y decidió que aquello lo ganaba él por lo criminal, con un disparo que, mientras volaba hacia la portería, llevaba el nombre de reengancharse a la Liga. Y entró. Y nos volvimos locos. Sólo era un partido ante el Granada, un partido para ir ganando por goleada, pero los encuentros a domicilio se han convertido en la gran asignatura pendiente. Menos mal que Modric quiso aguantarnos en la pelea.
Es una salvajada este Real Madrid. Una lo ama y lo odia por igual en los noventa minutos que dura un partido. Nos colman de ilusión o nos dan vergüenza. No hay término medio. Pero mientras hay Modric, hay esperanza. Pongo mi vida en sus botas, que haga con ella lo que quiera, que la maneje a su antojo. De aquí a mayo le confío al croata mi ánimo y mi pasión. Nadie en el equipo me da más confianza que él, por calidad y por compromiso, porque dignifica el escudo, porque es el corazón y el motor del equipo, lejos, bien lejos, de señoritos que piden aumentos y de toda publicidad engañosa. Modric es lo que vemos, transparente, tibio, nuestra razón de ser. Abrazo el “lukismo” de la misma manera que lo habría abrazado a él el domingo, cuando abrió sus brazos, antes de que llegaran Marcelo y Sergio Ramos para felicitarlo, antes de que Keylor Navas celebrara el gol en la soledad de su portería agradeciéndoselo a Dios. Luka Modric, Lukita para nosotros, los que abrazamos el “lukismo”.

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