No dejo de pensar en ella. Trato de hacer mi vida, de continuar con mis rutinarias tareas, de matar tiempo en las terrazas aprovechando esta recién estrenada primavera, pero no hay manera. Suena el despertador y su imagen me viene a la cabeza, lo mismo durante el resto del día y así hasta que me vuelvo a meter en la cama. Es una constante, es algo enfermizo, una pasión desbordante, un deseo que me recorre el cuerpo y que lo hace reaccionar. Ella en mi mente y la piel se me eriza, se me encoje el estómago y un cosquilleo en forma de nervios sube por mis extremidades haciéndome saber que se trata de puro amor.

 

Cuento los días, los descuento, más bien, hasta que llegue el momento de volver a verla. A veces lo imagino. La imagino sabiéndola mía y la única palabra que lo define a la perfección es felicidad. Una felicidad que me colma, me llena y me atraviesa, una sensación de saber que no necesito nada más, que con ella lo tengo todo, que todo lo demás no importa ni tiene sentido, que estoy en la vida para admirarla, para contemplarla, para no dejar de mirarla ni un segundo.

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Otras veces, también, y son muchas, lo reconozco, la imagino en otras manos y me invade el dolor y la desesperación, me vuelvo loca. Me deshumanizo y quiero arrancarme las vísceras, deseando no vivir esos días. No podría vivir con ese sufrimiento. La vida jamás volvería a ser igual. Los días serían una sucesión de horas interminables en los que arrastraría un peso que me impediría volver a la normalidad. Me duele tanto sólo con pensarlo que por nada, absolutamente nada del mundo, quiero pasar por ello. La necesito en mi vida.

 

No dejo de hablar de ella, a todas horas. Me brillan los ojos cuando lo hago. Cuento lo bonita que es, la felicidad que trae al mundo con su sola presencia, todo lo que es capaz de hacer sentir y lo mucho que cuesta conseguirla. La llamo en sueños, grito su nombre, la veo en todas partes, en todo lo que hago, en cada paso que doy. No sabe bien cuánto la quiero, lo mucho que la echo de menos, la alegría que trae y el pesar que es capaz de dejar.

 

Con todo mi ateísmo, rezo. Con toda mi superstición, llamo a la suerte. Soy capaz de cualquier cosa por ella. Recuerdo la última vez que la vi. Fue inolvidable. Aquella noche, aquella alegría incontrolable, aquel día después sintiéndome invencible, tan orgullosa de tenerla. Era preciosa, joder. Han pasado dos años y casi a diario he revivido en imágenes todo lo que me hizo sentir, aquel amor tan grande.

 

Apenas falta una semana para poder volver a reencontrarme con ella y a duras penas me mantengo en mi día a día. Me tiembla la voz, me sudan las manos, no logro esconder, ni quiero, este sentimiento. Me va rebosando por las calles, se me sale del cuerpo. A veces me preguntan su nombre y en un suspiro acierto a decirlo, casi con miedo, por si acaso, por lo que pueda pasar, pero lo digo: “Ella se llama Undécima”.

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