Aquella semifinal ante el Chelsea en Stamford Bridge fue el mayor robo de la historia del fútbol contemporáneo. Desde entonces y sin descanso, el Barcelona ha ido cometiendo hurtos por todos los campos de España y Europa, sin importar la competición ni el rival, contando en todo momento con el beneplácito del trío arbitral de turno y con el descarado visto bueno de los diferentes estamentos futbolísticos, unas veces la Real Federación Española de Fútbol, otras la UEFA. Un entrenador llamado José Mourinho se atrevió a denunciar estos hechos que se iban sucediendo con reiteración en el tiempo. Era algo que el madridismo, acostumbrado a que su club pusiera la otra mejilla, echando mano de un señorío mal entendido, llevaba tiempo esperando; pero Iker Casillas, probablemente el peor capitán que el Real Madrid ha tenido en sus más de cien años de historia, tiró por la borda las denuncias del por entonces entrenador blanco y marcó en su número de teléfono el de Xavi Hernández para pedir perdón a él personalmente y al Barcelona en general porque “la estaban cagando”. Todo por el bien de la selección española y no del club que por entonces (y todavía) le pagaba. Como si al madridismo le importara lo que acontece en el vestuario de esa selección a la que llaman La Roja, como si el madridismo no prefiriera ganarle al Barcelona antes que ver a España ganando a cualquier otro país.
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Así se quedaron las cosas, con una supuesta paz que sólo entendía y quería Casillas. Los azulgranas seguían haciendo de las suyas, contando con favores arbitrales, batiendo récords de penaltis pitados a favor que no eran, anotando una retahíla de goles en fuera de juego, fingiendo agresiones para expulsar a los rivales y escapando de expulsiones partido sí y partido también. Los equipos iban al Campo Nuevo resignados, como sabiendo lo que les esperaba, casi sin ánimo de competir, alineando a suplentes. Todo lo contrario que ocurre cuando visitan el Santiago Bernabéu, donde compiten hasta dejarse la última gota de sudor, algo que todo profesional, por otra parte, debe hacer. Paco Jémez es uno de esos entrenadores que hace de sus visitas al feudo azulgrana una fiesta. Suele salir de allí goleado y humillado en la celebración de los goles, pero no se le borra la sonrisa de la cara. Es feliz cuando pierde contra el Barcelona. En cambio, cuando el Rayo va a Chamartín, Paco Jémez busca su minuto de gloria con la ayuda de unos periodistas que le preguntan prácticamente dando la respuesta y se viene arriba denunciando supuestas ayudas arbitrales al Real Madrid. Los madridistas, aunque indignados y hastiados, estábamos acostumbrados. Hasta el día seis de enero.
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El Barcelona se enfrentaba al Español en el Campo Nuevo. El partido terminó con un sangrante 4-1 para los locales y dos jugadores españolistas en la caseta antes de tiempo. Al término del encuentro, los jugadores periquitos se atrevieron a denunciar las fechorías de los jugadores azulgranas, algo que hasta ahora nadie había hecho, salvo José Mourinho y el Getafe muy tímidamente, cuando algunos jugadores dejaron el vestuario del Coliseo como si hubiera habido una matanza. Pero se le ríe las gracias a los niños y la vida sigue hasta la próxima. Pero esta vez no. Esta vez, los jugadores del Español hablaron alto y claro de todo cuanto había acontecido dentro y fuera del terreno de juego.
Unos días antes se enfrentaron en el Campeonato Nacional de Liga y el Barcelona se dejó dos puntos en Cornellá. Salieron del estadio bramando contra el árbitro, hablando de una violencia que nunca existió. A partir de ese momento todos sabíamos que el Español no tendría nada que hacer en el partido de la Copa del Rey. Y así fue. Aunque se adelantaran en el marcador. Todos, incluidos ellos, sabíamos que saldrían goleados. Los lloros de los jugadores del Barcelona siempre surten efecto. No le ocurre lo mismo al Real Madrid, al que robaron nuevamente en Valencia después de que se hablara del encuentro ante la Real Sociedad hasta en los programas del corazón. Todos lo sabíamos también.
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De la misma manera que sabemos que si Cristiano Ronaldo, tras un gol de algún compañero, se encarara con el portero rival como hizo Luis Suárez, sería carne  de telediarios y prensa durante semanas, poniéndolo en la frontera para que abandonara España. Pero lo hizo el uruguayo, que es reincidente de mordiscos y provocaciones, y no pasa nada. Se comenta mínimamente, si es que acaso se comenta, y a otra cosa. Cuando el portugués llegó a España lo tacharon de chulo y prepotente. Que le echen un ojo a Luis Suárez, que no es solamente chulo y prepotente, sino un compañero deleznable que, a la mínima ocasión, busca el hombro del rival para morder o el pie para pisarle. Ejemplar deportista también, como Mascherano y Piqué, que esperaron a los jugadores del Español en los vestuarios increpándoles y amenazándoles. Y todo eso habiendo ganado. Si llegan a perder mandan a los Boixos Nois. ¿Qué decir de Sergio Busquets? Un futbolista que se atreve a dar lecciones morales junto a Gerardo Piqué, que tiene muchos capítulos apartes, después de que de su boca hayan salido improperios racistas y de sus botas pisotones directos a la cabeza de Pepe.
Piqué sale de su casa pensando ya en lo que va a decir cuando le pregunten los periodistas. Es así de plano. Ha encontrado un filón entre los seguidores más ramplones del Barcelona e intenta hacerse grande y gracioso menospreciando a compañeros, rivales y aficiones. Después de insultar a Arbeloa le ha tocado al Español y a su afición. De los jugadores dijo que juegan al fútbol americano y a los periquitos los invitó a atreverse a llenar su campo, todo ello con una media sonrisa de idiota encantado de conocerse en la cara. Una lástima que no hablara el sábado pasado, cuando la afición del Español animó incesantemente a su equipo, siendo partícipe del empate cosechado que tan mal ha sentado en el vestuario azulgrana, tanto como para esperar al rival, cual macarra y barriobajero, en la puerta de los vestuarios. Es la actitud chulesca de unos jugadores acostumbrados a que se lo consientan todo, con una prensa a favor que tapa sus miserias y engrandece todo lo demás. Mientras, el Español recibe un trato bien diferente por parte de esa misma prensa y de las instituciones catalanas.
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Gerard Moreno dijo “si les jode que les quitemos puntos, la próxima vez les damos caramelos; que sigan provocando, nosotros no nos vamos a esconder y vamos a seguir luchando por nuestro club”. Ojalá todos los clubes que se sienten perjudicados por el Barcelona lo denunciaran de la misma manera que lo ha hecho el Español, abiertamente, sin esconderse, contando la verdad, sacando a la luz la otra cara, esa que ocultan, de los jugadores azulgranas, a los que ponen de ejemplo para los niños y sólo son un ejemplo de lo que no deben ser cuando sean hombres.
El madridismo le agradece al Español y a su afición la entrega y la actitud en los dos encuentros jugados hasta ahora. El miércoles lucharon hasta donde el árbitro les dejó, antes de que terminaran con nueve jugadores sobre el campo, mientras el Barcelona buscaba una goleada de escándalo, algo que esta vez no era faltarle el respeto al rival, como le ocurrió al Real Madrid cuando osó hacerle diez goles a un Rayo Vallecano que jugaba con dos menos. Michael Robinson, durante la retransmisión, se atrevió a decir que era el momento de que el Barcelona buscara más goles. La doble vara de medir de siempre, la misma poca vergüenza de los mismos.
Toda mi admiración para esos catalanes que decidieron ser del Español en una Cataluña hecha a la medida de un club que es una mentira en los valores que promulga y en muchos de sus títulos ganados. No sois una minoría, el madridismo está con vosotros. Gracias por alzar la voz y quitarle la careta a unos niñatos que reparten más hostias para todos que Kalises.

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