Aún hoy, mil días después de que José Mourinho abandonase el Real Madrid, un periodista de El País lo culpa del auge del independentismo en Cataluña. Dos años y nueve meses más tarde siguen, los enemigos del club, rezumando bilis. Imagínense ustedes lo grande que fue ese portugués de pelo cano y expresión seria.

Hace exactamente mil días que el técnico luso abandonó Chamartín con destino Londres. Se despidió entre tibios aplausos y habiendo perdido la final de Copa en casa, y se marchó dejando un equipo armado en lo táctico y desarmado en lo anímico, con ADN de campeón pero sin todavía haber saboreado la gloria eterna, todo lo contrario que los últimos diez entrenadores que pasaron por ese banquillo.

Los últimos meses dirigiendo al Real Madrid fueron, si cabe, más convulsos que los tres años anteriores. Por primera vez un entrenador tenía libertad plena para dirigir al equipo (cosa que hoy le recriminan algunos al mismo presidente al que entonces le pedían lo contrario. Ya saben ustedes, la merma, tan maleable como indecisa) y él lo aprovechó para implantar una extraña forma de gobierno absolutamente desconocida para el ciudadano español de a pie: la meritocracia. Sí, por primera vez desde Bernabéu, el Madrid jugaba con los que más merecían hacerlo y no con los que siempre lo hacían. Casillas calentaba banquillo, Pepe parecía desterrado y, sin embargo, Ramos y Cristiano, con la misma mala relación con el entrenador que los dos primeros, jugaron todos los minutos de aquella temporada que estuvo a punto de terminar con una final europea tras una remontada histórica y acabó con el primer año en blanco en la tan laureada carrera de José Mourinho como entrenador.

Gran Bretaña lo recibió el 3 de junio de 2013 como a una estrella de rock, empapelando las calles de Londres con su fotografía y coreando su nombre, como tantas veces ocurrió antes y tantas vendrán después, en el estadio donde se hizo eterno: Standford Bridge. Llegó sustituyendo a un Rafa Benítez que había ganado la UEFA entre abucheos y se fue hace poco menos de tres meses peleando por el descenso, entre aplausos y lágrimas de impotencia. En una encuesta del club a pie de campo, el noventa y dos por ciento de los aficionados del Chelsea pedían su continuidad a pesar de estar a un punto de los puestos que condenaban a la Segunda división. Ahí radica la grandeza de Mourinho, en que ni siquiera en las malas la gente lo abandona.

Negar que el Madrid de la décima no es, en parte, mérito suyo, es tan estúpido como creer que lo es en el todo. Sólo hace falta ver la eliminatoria ante el Bayern para darse cuenta de que los coletazos de equipo bien compactado atrás y con una contra sobrenatural seguían vivos por aquella época. Ancelotti, el entrenador que jamás debió ser sustituido por Benítez, se encargó de optimizar un arma de destrucción masiva con un toque más pausado de balón, un mayor control de los tiempos y, sobre todo, una paz social dentro de ese vestuario que era absolutamente necesaria. La décima cayó, con merecimiento, en los brazos de Carlo, pero fue José el que aseguró los cimientos para que eso sucediese.

 

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Han pasado, como decía, mil días de la marcha del técnico que menos títulos ha ganado con el Real Madrid en tres años y, sin embargo, su presencia sigue tan viva en la masa social blanca que todos y cada uno de los días desde su partida hasta hoy se ha hablado de él. Fue el entrenador que decapitó a Casillas, que echó en su primera temporada a Raúl y que no consiguió más que una Liga y una Copa en los tres años que estuvo aquí. Con ese palmarés cualquier otro en el mundo habría sido desterrado de la memoria del madridismo a los diez días de salir, pero José, por mucho que le pese al borreguerío y a la canallesca, fue muchísimo más que eso. Él devolvió una grandeza al Real Madrid que se creía casi extinta, él inyectó pundonor a una plantilla moribunda, él restituyó el brillo y la pulcritud a un escudo al que tantas y tantas veces habían embarrado con anterioridad y él, José Mourinho, significó el engrandecimiento de una entidad enorme que se estaba convirtiendo, tal y como parece que ocurre hoy en día, en un equipo del montón sin aspiraciones reales a ganar nada.

Mil días después de su marcha algunos seguimos soñando con su regreso. Mil días después de su adiós, muchos rezamos por verlo de nuevo en rueda de prensa, vestido de traje en la banda del Bernabéu o volviendo a encender de envidia, cólera, odio y resquemor los estadios enemigos y las redacciones periodísticas que vienen, por otra parte, a ser casi lo mismo. Y yo soy de los que piensan que cuando todos tus más acérrimo enemigos odian a un mismo personaje es síntoma claro de que ese personaje es, sin duda, tu mejor amigo. Y José es tan odiado que yo no puedo dejar de quererlo cada día un poco más.

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